En su libro El cazador de
luciérnagas (1996), Alejandro
López Andrada escribe este poema sin título:
que llegaba a la ciudad,
una canción de plomo,
un largo entierro
de palomas y moreras silenciosas
que, en el otoño, el aire deshojaba.
Aún lo recuerdas:
oscureciendo el sol,
se cerraba la noche en los postigos
de las casas. Humildes,
solitarias,
las lechuzas ardían sobre el tiempo.
Hay en la poesía de
Alejandro López Andrada varias constantes. Quizás la principal sea
la presencia reiterada del mundo rural, un mundo ya casi perdido en
estos tiempos de prisas y nuevas tecnologías. El “progreso” ya
llegó hace décadas, como ese tren que llega a la ciudad en el
poema, ese tren pesado como una canción de plomo que enterraba
largamente a palomas y moreras silenciosas y deshojaba al otoño. Esa
modernidad, ese tren estruendoso, ha ido enterrando poco a poco lo
sencillo, lo natural, y en muchas ocasiones nos ha hecho olvidarnos
de nuestra esencia como seres humanos y de nuestras raíces. Sin
embargo, en los versos de Alejandro se rememora una infancia feliz,
una infancia evocadora de un tiempo pasado que, si bien no fue más
próspero, sí parece al menos más humano a pesar de (o debido a)
aquella precariedad emparentada a la humildad y la necesidad de ayuda
mutua.
Y es que otra de las
constantes en la poesía de Alejandro es la melancolía, la añoranza
de esa patria de la infancia. Pero no una infancia cualquiera, sino
una infancia humilde y solitaria, una infancia básica y sencilla
que, sin transmitir una idea de plena felicidad, sí que resulta
reconfortante. Sus versos frecuentemente nos hacen sentirnos en el
paisaje agreste del valle de los Pedroches, disfrutando de los
pequeños detalles con que nos obsequia la naturaleza, cuando nada
importaba más que un desfile de hormigas o el canto de un pájaro.

No hay comentarios:
Publicar un comentario