“Mi poesía es poesía de segunda o tercera clase, no vale la pena insistir. No me
he hecho ilusiones; es lo que es: limpia, honesta y, en algún momento, habrá
sido más que eso, pero, en fin, no pasaré a la Historia como poeta. Supongo que
si paso a la Historia será como un novelista que también escribió algún verso”.
João Céu e Silva,
Uma Longa Viagem com José Saramago,
Uma Longa Viagem com José Saramago,
Porto Editor, Oporto, 2009
No
creo que sea muy sensato estrenarme como cacareador contradiciendo a un gigante
de la literatura, a un Premio Nobel como don José Saramago. Pero eso es lo que
voy a hacer. Y lo haré, para no ser más temerario de la cuenta, elogiando su
poesía desde mi experiencia de lectura. Así, mis aseveraciones serán
irrefutables.
Para
mí, Saramago ha sido siempre como un faro. Ese hombre serio y tranquilo era, en
sí mismo, un ensayo sobre la lucidez en cada una de sus palabras. No pude
evitar sentirme un poco más desamparado en el mundo cuando falleció. En
cualquier caso, es probable que Saramago llevase razón cuando aseguraba que, si
pasaba a la Historia por algo, sería como un novelista que también escribió
algún verso. Pero... ¡qué versos, compañero! A modo de ejemplo, estos son los
cuatro primeros versos de su poema “Voto”, perteneciente al poemario
“Probablemente alegría”:
Cada
verso una piedra. Que el poema
ha
de ser más cimiento que muralla.
Que
bajo la tierra se refuercen
las
palabras, las minas y las fuentes.
Palabras
como piedras, piedras para cimentar la realidad. Nunca palabras-piedra para
dividir, aún más, este mundo loco con nuevas murallas. Si algo sobra hoy son
murallas. Si algo falta, cimientos.
Otro
ejemplo, también de “Probablemente alegría”, es este poema, “Paisaje con
figuras”:
No
hay mucho que ver en este paisaje:
campos
alargados, ramas desnudas
de
sauces y álamos encrespados:
raíces
descubiertas que cambiaron
lo
natural del suelo por el cielo vacío.
Aquí
nos cogemos las manos y caminamos,
rompiendo
nieblas.
Jardín
del paraíso, obra nuestra,
somos
aquí los primeros.
Un
paisaje con las verdades al descubierto, descarnadas, sin disfraz ni camuflaje.
Aunque duela. Las raíces al aire, abiertas al desasosiego del abismo. Un faro
antiniebla rompiendo murallas. Un paraíso, en definitiva, que cada uno de
nosotros construimos a nuestra medida, desde cero. Una vez más, esa plena
lucidez saramaguiana estaba presente en sus versos. Esa lucidez que luego nos
enamoró en sus novelas.
Siento
contradecirte, amigo Saramago, pero no creo que tus versos sean de segunda o
tercera clase. Y si lo fuesen, ¿qué más da? No siempre es necesario viajar en
primera. Lo que realmente importa, al menos para mí, es lo que tus versos me
han hecho sentir en más de una ocasión: probablemente alegría. O probablemente
placer. Y, sin lugar a dudas, admiración infinita.

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